Abu Simbel es un conjunto de templos excavados en la roca en el sur de Egipto, a orillas del lago Nasser.
Fue construido en el siglo XIII a.C. por el faraón Ramsés II como símbolo de poder y para honrar a los dioses y a sí mismo.
Es famoso por sus colosales estatuas y por haber sido trasladado pieza a pieza en el siglo XX para salvarlo de las aguas tras la construcción de la presa de Asuán
Yo no tengo idea de casi nada, de verdad. Me considero bastante inculta. Una chica de pueblo que ha leído muy poco y que tampoco ha hecho demasiado por formarse. Pero en algo sí soy rica y muy afortunada: en emociones.
No sabía apenas nada sobre el templo de Abu Simbel, salvo alguna foto que me habían enseñado unos amigos o algún documental que vi de refilón antes de ir a Egipto. Bueno, no… miento. En el programa de Calleja (que volví a disfrutar después de mi viaje) dedicaron bastantes minutos a este templo. A la magia que se da dos veces al año, cuando los rayos del sol recorren 60 metros de profundidad hasta el santuario, iluminando los rostros de tres dioses: Ra, el dios del sol; Amón, rey de los dioses; y Ramsés. Dejando en la oscuridad la estatua del dios Ptah, por su asociación con las tinieblas y el inframundo.
Esta alineación solar solía ocurrir cada año el 21 de octubre y el 21 de febrero, pero, después de que los templos fueran salvados, cortados y trasladados a su ubicación actual, este prodigio de luz ocurre un día más tarde: el 22 de octubre y el 22 de febrero. Los eruditos no pueden determinar con certeza por qué Ramsés y sus constructores eligieron esas fechas, aunque coinciden casi exactamente con un mes después del equinoccio de otoño y un mes antes del de primavera. A mí lo que me dejó perpleja fue la precisión… algo que, más que entenderse, se siente.
La verdad es que no tenía muchas expectativas. Un conocido nos había comentado que no merecía la pena un viaje en autobús de madrugada, de varias horas, atravesando el desierto, para estar allí apenas dos horas. Menos mal que no le hicimos mucho caso.
El viaje a Egipto para mí ha sido absolutamente increíble. Sé que soy así, que todo me lo parece. Mis amigos dicen que todo me parece siempre bonito. Pero no… no es así. Egipto es otra cosa.
Cuando llegas y te llevan por primera vez al templo de Luxor, te quedas estupefacto. Pero para mí, en particular, Abu Simbel fue una de las maravillas que más me han impactado.
Ya llevábamos varios días allí, agotados, con un ritmo frenético. A mí me gustan los viajes por mi cuenta, parar cuando quiero, irme si me apetece, equivocarme a mi manera. Pero a Egipto hay que ir con guía en un viaje organizado. Fuimos solo una semana, con la intención de aprovechar al máximo, y el guía nos dejó más de un día con la lengua fuera.
En el caso de mi lugar preferido, con la madrugada encima y encogida en un autobús viejísimo, tengo que decir que el viaje lo sufrí de verdad. Además, hice amistad con la señora de delante (que ya había cumplido los 70), y estiró su asiento hacia atrás. No me atreví a molestarla mientras dormía.
No recuerdo un viaje en autobús más incómodo en toda mi vida (y eso que puedo presumir de haber hecho Madrid-Lisboa en una noche, o Sofía-Estambul en 14 horas… aunque entonces era 30 años más joven, y eso, supongo, lo hace todo más llevadero).
Llegué encogida, dolorida. Pero fue bajar… y el sol empezaba a surgir sobre el lago Nasser, justo al mismo tiempo que mi sonrisa.
Sí, amanecía.
Una cuesta larga, en curva, hacia la izquierda. Bajábamos rápido. El guía nos llevaba casi corriendo (para variar). Se vanagloriaba de ser los primeros en cada templo, regalándonos diez minutos de gloria sin más turistas que nuestro grupo. Y fue cierto. Durante unos instantes, aquello fue solo para nosotros.
Y entonces, a la izquierda, empezó a dibujarse lo majestuoso del templo.
No me extraña nada que los nubios se sintieran amedrentados. Solo con ver esa grandeza, esa presencia casi intimidante que Ramsés II quiso dejar grabada para siempre en estos templos.
El que dedicó a su esposa preferida, Nefertari, algo más pequeño pero igualmente impresionante, se encuentra un poco más adelante, también frente al lago.
No quiero ser como la mula de la tía Modesta, que decía mi madre, que creía que solo había parido ella. Sé perfectamente que no soy la única que ha hecho un viaje así, que me queda todo por ver, todo por aprender.
Solo quiero reflejar, con toda la humildad de la que soy capaz, lo que sentí allí.
Es como si el tiempo se detuviera de golpe y te quedaras pequeño ante algo inmenso, antiguo y casi imposible.
Al verlo por primera vez, sin esperarlo, sientes una mezcla de incredulidad y admiración: ¿cómo puede existir algo así, tan perfecto, tan poderoso, tan eterno?
No es solo lo que ves, es lo que te provoca: un silencio interior, un respeto profundo, como si estuvieras frente a algo sagrado.
Y en ese instante entiendes que no estás simplemente visitando un lugar, sino viviendo un momento que se queda contigo para siempre.
Me siento tan afortunada por haber vivido algo así que, como siempre, solo quiero transmitirlo. Compartirlo, aunque sea con palabras imperfectas.
A los que ya lo conocéis, estoy segura de que me entendéis. (Salvo ese conocido al que no le mereció la pena… pero, para gustos, los colores).
Y a los que no, ojalá estas palabras consigan, al menos un poco, acercaros a la maravilla.
¿Cómo puede el ser humano construir algo así hace 3.280 años? Supongo que es uno de los muchos misterios de Egipto.
Como os contaba, estaba amaneciendo. Estuvimos en febrero, apenas unos días antes de que se produzca la magia de la entrada del rayo de sol, pero la sensación era prácticamente la misma por la cercanía de la fecha. Por fuera, el templo te deja sin palabras. Os lo juro. Muda. Pero cuando entras, la sensación es casi de shock ante tanta belleza.
Veo mis propias fotos y no transmiten en absoluto lo que era aquello. Y cuando, justo, el sol entra e ilumina a los tres dioses… es algo que va mucho más allá de cualquier imagen.
Luego llegó la muchedumbre de turistas, pero tenemos que agradecer a nuestro guía esos momentos de privilegio, esos minutos de gloria que no olvidaré mientras la memoria me lo permita.
Por supuesto, el crucero por el Nilo, la visita al pueblo nubio, los templos increíbles que recorrimos, El Cairo y su tremendo caos, el Valle de los Reyes, el nuevo museo… todo fue impresionante. Pero si tengo que quedarme con un instante infinito, es Abu Simbel y el amanecer más espectacular de mi vida.
Y cuando el silencio vuelva a imponerse sobre la arena, Abu Simbel dejará de ser solo un monumento para convertirse en algo mucho más profundo. No son solo piedras talladas ni la huella de un pasado glorioso; es la persistencia del ser humano frente al tiempo, el eco de quienes quisieron ser recordados… y lo lograron.
Quizá lo más impresionante no es su tamaño ni su historia, sino lo que despierta en quien lo contempla. Porque allí, bajo la mirada eterna de sus colosos, uno entiende que hay lugares que no se visitan: se sienten. Lugares que te atraviesan, que te hacen pequeño y, al mismo tiempo, parte de algo inmenso.
Y al marcharte, te llevas más que fotografías. Te llevas una emoción difícil de nombrar, una mezcla de asombro, respeto y una nostalgia extraña… como si, por un instante, hubieras tocado la eternidad
No tengo posibles, ni propiedades, ni grandes conocimientos, ni joyas. Pero me siento profundamente afortunada, porque atesoro momentos que solo son verdaderamente valiosos cuando se comparten con quienes quieres.
Mil gracias por acompañarme en uno de los viajes más asombroso de mi vida.
Todos los lugares tienen algo especial, o mucho. Hay millones por descubrir y no hay vida suficiente para todos. A veces es un pequeño mirador en lo alto de un monte en mi querida provincia. Otras, una iglesia románica en tu propia ciudad. O, simplemente, aprovechar una oportunidad para llevar a tus hijos a conocer el mundo.
Creo firmemente que la vida está para disfrutarla, en la medida en que puedas y como tú quieras. Tú eliges cómo hacerlo. Yo, desde luego, lo intento.
Y esta entrada de hoy es simplemente eso: un agradecimiento infinito a quienes me acompañan, me recomiendan, me guían, me enseñan y disfrutan conmigo de estos momentos que se vuelven eternos.
Porque no serían lo mismo sin vosotros.
Os quiero. 💛



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