domingo, 29 de marzo de 2026

Frente a Abu Simbel: cuando la historia te deja sin palabras

Abu Simbel es un conjunto de templos excavados en la roca en el sur de Egipto, a orillas del lago Nasser.
Fue construido en el siglo XIII a.C. por el faraón Ramsés II como símbolo de poder y para honrar a los dioses y a sí mismo.
Es famoso por sus colosales estatuas y por haber sido trasladado pieza a pieza en el siglo XX para salvarlo de las aguas tras la construcción de la presa de Asuán

Yo no tengo idea de casi nada, de verdad. Me considero bastante inculta. Una chica de pueblo que ha leído muy poco y que tampoco ha hecho demasiado por formarse. Pero en algo sí soy rica y muy afortunada: en emociones.

No sabía apenas nada sobre el templo de Abu Simbel, salvo alguna foto que me habían enseñado unos amigos o algún documental que vi de refilón antes de ir a Egipto. Bueno, no… miento. En el programa de Calleja (que volví a disfrutar después de mi viaje) dedicaron bastantes minutos a este templo. A la magia que se da dos veces al año, cuando los rayos del sol recorren 60 metros de profundidad hasta el santuario, iluminando los rostros de tres dioses: Ra, el dios del sol; Amón, rey de los dioses; y Ramsés. Dejando en la oscuridad la estatua del dios Ptah, por su asociación con las tinieblas y el inframundo.

Esta alineación solar solía ocurrir cada año el 21 de octubre y el 21 de febrero, pero, después de que los templos fueran salvados, cortados y trasladados a su ubicación actual, este prodigio de luz ocurre un día más tarde: el 22 de octubre y el 22 de febrero. Los eruditos no pueden determinar con certeza por qué Ramsés y sus constructores eligieron esas fechas, aunque coinciden casi exactamente con un mes después del equinoccio de otoño y un mes antes del de primavera. A mí lo que me dejó perpleja fue la precisión… algo que, más que entenderse, se siente.

La verdad es que no tenía muchas expectativas. Un conocido nos había comentado que no merecía la pena un viaje en autobús de madrugada, de varias horas, atravesando el desierto, para estar allí apenas dos horas. Menos mal que no le hicimos mucho caso.

El viaje a Egipto para mí ha sido absolutamente increíble. Sé que soy así, que todo me lo parece. Mis amigos dicen que todo me parece siempre bonito. Pero no… no es así. Egipto es otra cosa.

Cuando llegas y te llevan por primera vez al templo de Luxor, te quedas estupefacto. Pero para mí, en particular, Abu Simbel fue una de las maravillas que más me han impactado.

Ya llevábamos varios días allí, agotados, con un ritmo frenético. A mí me gustan los viajes por mi cuenta, parar cuando quiero, irme si me apetece, equivocarme a mi manera. Pero a Egipto hay que ir con guía en un viaje organizado. Fuimos solo una semana, con la intención de aprovechar al máximo, y el guía nos dejó más de un día con la lengua fuera.

En el caso de mi lugar preferido, con la madrugada encima y encogida en un autobús viejísimo, tengo que decir que el viaje lo sufrí de verdad. Además, hice amistad con la señora de delante (que ya había cumplido los 70), y estiró su asiento hacia atrás. No me atreví a molestarla mientras dormía.

No recuerdo un viaje en autobús más incómodo en toda mi vida (y eso que puedo presumir de haber hecho Madrid-Lisboa en una noche, o Sofía-Estambul en 14 horas… aunque entonces era 30 años más joven, y eso, supongo, lo hace todo más llevadero).

Llegué encogida, dolorida. Pero fue bajar… y el sol empezaba a surgir sobre el lago Nasser, justo al mismo tiempo que mi sonrisa.

Sí, amanecía.


Una cuesta larga, en curva, hacia la izquierda. Bajábamos rápido. El guía nos llevaba casi corriendo (para variar). Se vanagloriaba de ser los primeros en cada templo, regalándonos diez minutos de gloria sin más turistas que nuestro grupo. Y fue cierto. Durante unos instantes, aquello fue solo para nosotros.

Y entonces, a la izquierda, empezó a dibujarse lo majestuoso del templo.


No me extraña nada que los nubios se sintieran amedrentados. Solo con ver esa grandeza, esa presencia casi intimidante que Ramsés II quiso dejar grabada para siempre en estos templos.

El que dedicó a su esposa preferida, Nefertari, algo más pequeño pero igualmente impresionante, se encuentra un poco más adelante, también frente al lago.


No quiero ser como la mula de la tía Modesta, que decía mi madre, que creía que solo había parido ella. Sé perfectamente que no soy la única que ha hecho un viaje así, que me queda todo por ver, todo por aprender.

Solo quiero reflejar, con toda la humildad de la que soy capaz, lo que sentí allí.

Es como si el tiempo se detuviera de golpe y te quedaras pequeño ante algo inmenso, antiguo y casi imposible.

Al verlo por primera vez, sin esperarlo, sientes una mezcla de incredulidad y admiración: ¿cómo puede existir algo así, tan perfecto, tan poderoso, tan eterno?

No es solo lo que ves, es lo que te provoca: un silencio interior, un respeto profundo, como si estuvieras frente a algo sagrado.

Y en ese instante entiendes que no estás simplemente visitando un lugar, sino viviendo un momento que se queda contigo para siempre.

Me siento tan afortunada por haber vivido algo así que, como siempre, solo quiero transmitirlo. Compartirlo, aunque sea con palabras imperfectas.

A los que ya lo conocéis, estoy segura de que me entendéis. (Salvo ese conocido al que no le mereció la pena… pero, para gustos, los colores).

Y a los que no, ojalá estas palabras consigan, al menos un poco, acercaros a la maravilla.

¿Cómo puede el ser humano construir algo así hace 3.280 años? Supongo que es uno de los muchos misterios de Egipto.

Como os contaba, estaba amaneciendo. Estuvimos en febrero, apenas unos días antes de que se produzca la magia de la entrada del rayo de sol, pero la sensación era prácticamente la misma por la cercanía de la fecha. Por fuera, el templo te deja sin palabras. Os lo juro. Muda. Pero cuando entras, la sensación es casi de shock ante tanta belleza.


Veo mis propias fotos y no transmiten en absoluto lo que era aquello. Y cuando, justo, el sol entra e ilumina a los tres dioses… es algo que va mucho más allá de cualquier imagen.



Luego llegó la muchedumbre de turistas, pero tenemos que agradecer a nuestro guía esos momentos de privilegio, esos minutos de gloria que no olvidaré mientras la memoria me lo permita.

Por supuesto, el crucero por el Nilo, la visita al pueblo nubio, los templos increíbles que recorrimos, El Cairo y su tremendo caos, el Valle de los Reyes, el nuevo museo… todo fue impresionante. Pero si tengo que quedarme con un instante infinito, es Abu Simbel y el amanecer más espectacular de mi vida.

Y cuando el silencio vuelva a imponerse sobre la arena, Abu Simbel dejará de ser solo un monumento para convertirse en algo mucho más profundo. No son solo piedras talladas ni la huella de un pasado glorioso; es la persistencia del ser humano frente al tiempo, el eco de quienes quisieron ser recordados… y lo lograron.

Quizá lo más impresionante no es su tamaño ni su historia, sino lo que despierta en quien lo contempla. Porque allí, bajo la mirada eterna de sus colosos, uno entiende que hay lugares que no se visitan: se sienten. Lugares que te atraviesan, que te hacen pequeño y, al mismo tiempo, parte de algo inmenso.



Y al marcharte, te llevas más que fotografías. Te llevas una emoción difícil de nombrar, una mezcla de asombro, respeto y una nostalgia extraña… como si, por un instante, hubieras tocado la eternidad

No tengo posibles, ni propiedades, ni grandes conocimientos, ni joyas. Pero me siento profundamente afortunada, porque atesoro momentos que solo son verdaderamente valiosos cuando se comparten con quienes quieres.

Mil gracias por acompañarme en uno de los viajes más asombroso de mi vida.

Todos los lugares tienen algo especial, o mucho. Hay millones por descubrir y no hay vida suficiente para todos. A veces es un pequeño mirador en lo alto de un monte en mi querida provincia. Otras, una iglesia románica en tu propia ciudad. O, simplemente, aprovechar una oportunidad para llevar a tus hijos a conocer el mundo.

Creo firmemente que la vida está para disfrutarla, en la medida en que puedas y como tú quieras. Tú eliges cómo hacerlo. Yo, desde luego, lo intento.

Y esta entrada de hoy es simplemente eso: un agradecimiento infinito a quienes me acompañan, me recomiendan, me guían, me enseñan y disfrutan conmigo de estos momentos que se vuelven eternos.

Porque no serían lo mismo sin vosotros.

Os quiero. 💛











miércoles, 21 de enero de 2026

 La vida es un tren sin billete de vuelta: saborea cada paisaje, abraza cada parada y no des por hecho que habrá otro andén donde decir lo que hoy callas.

Madre mía, es tan tópico y típico que, cuando ocurre una catástrofe de estas dimensiones, nos echemos las manos a la cabeza y nos demos de bruces con lo efímero de la vida. Con esa falta de certeza, la que creemos asegurada con el devenir de los días y sus rutinas. ¿Se nos olvida tan rápido? La respuesta es sí.


¿Quién de nosotros no se ha dicho alguna vez aquello de que debemos trivializar esos problemas que dimensionamos de modo estratosférico… hasta que nos roza una situación como esta? O si tenemos la mala suerte de darnos de lleno en la cara con algo así de duro: una enfermedad inesperada (nunca se esperan), un accidente, que se te caiga tu casa encima, como le pasó a un joven compañero de mi chico. Literalmente, le cayó su casa encima. Muerto en el acto.

Qué terrible situación, qué mala suerte coger justo ese tren y no el siguiente. O ese vagón. O irte a tomar ese café en ese momento. O decidir llevar a tus nietos a ver El Rey León como regalo de Reyes justo para ese día.

Como dice una canción que me encanta de Rosana, nadie tiene la vida comprada, ni guapos ni feos. Ni el que tiene dinero pa más que tapar agujeros.

Te toca la china y a apechugar.

Tienes la suerte de que, de momento, parece que pasa de largo y entonces, a los dos días, volvemos a angustiarnos porque no nos cuadra el balance.

Ufff, cada vez soporto menos a las personas que están de vuelta de todo. Con poco más de 50 años, o incluso menos, dicen o creen saberlo todo. Haberlo vivido todo. No perdonan errores de amigos porque “no voy a ser yo quien llame siempre”.

No viajan (no necesariamente cogiendo vuelos; hay muchos modos de viajar; para mí viajar es crecer, no quedarte en el sitio, metafóricamente hablando) porque piensan que ya lo saben todo.

No dicen “te quiero” porque no son de decirlo.

No ayudan al de al lado, aunque solo sea sonriendo, porque no vas a sonreír a ese, a quien crees menos que tú.

Madre mía, otra vez.

Joer, llama a ese amigo, aunque tengas que hacerlo tú por enésima vez. No pasa nada; el rato que vas a pasar con él no te lo va a quitar nadie.

Di “te quiero”, coño. Que puede que no os volváis a ver. Díselo. ¿O a ti no te gusta escuchar que te lo digan con sentimiento real quienes amas de verdad? De ese sentimiento que hace que te inunde todo el cuerpo el amor que te mandan.

Haz más bonito el día, o al menos un rato, siendo amable con todo el mundo. La panadera te lo va a agradecer, aunque te cobre una cebolla pequeña a 30 ctms., después del gasto diario que le haces.

Y agradeced, por favor; agradezcamos hoy. Que te invada el agradecimiento.

Siento profundamente, como lo hacemos todas las personas de bien, el sufrimiento de todos los familiares, amigos y heridos de este brutal accidente. Siento todas sus pérdidas.

No es viernes, lo sé, pero tengo la tarde libre y me ha apetecido escribir esto.

Os paso la canción de Rosana y otra más que me ha encantado.

Y ya no os vuelvo a escribir hasta la próxima semana.

Disfrutad esta tarde, mañana, el finde… y no se os olvide relativizar en la medida correcta, cosa nada fácil. Sean buenos y sean felices.

martes, 2 de diciembre de 2025

“La extraño, pero su amor sigue siendo mi hogar navideño.”


 Mi padre repetía a menudo que era hijo de padres viejos (ninguno de mis hermanos ni yo conocimos a mis abuelos paternos). Y dió la casualidad de que yo, un poco también, al ser de las pequeñas de mis hermanos. 

Desventaja: tus propios hijos disfrutan menos de sus abuelos comparándolos con su generación. Tú pierdes a tus padres en una década en la que tus amigos cuentan con los suyos, en su mayoría. Los disfrutan en la madurez, con sus hijos más mayores.

No hace mucho escuché a mi admirado Ricardo Darín decir que preparar bien a tus hijos para la vida, es enseñarles a navegar bajo la tormenta en tu ausencia. Porque casi con toda probabilidad, sus peores tormentas, les llegarán cuando tú ya no estés con tu paraguas. Y esto me hizo pensar, ya no tanto en mí, cómo en mis propios hijos: "Ostras, yo no voy a estar cuando más me necesiten"

Es una auténtica putada, cuando mi experiencia de vida más les pudiera ayudar, no van a poder  contar conmigo.

Hablando de experiencias que ayuden,  el hecho de haber perdido a mis padres creo que es de las pocas que no sirven de mucho. Haber vivido procesos de los que entran en el grupo perteneciente a ese llamado  "ley de vida" que no por ello dejan de ser terriblemente  dolorosos y que te marcan un antes y un después en tu camino, me sirve de muy poco para asesorar a nadie. 

Cómo me dijo una vez Teresa, una psicóloga a la que admiro profundamente, el día que mi madre se marchó para siempre, perdí con su marcha a la persona que más me quería en este mundo. Y eso es algo que cuando toca, tiene que vivir cada uno, procesar cada uno, y acostumbrarse a vivir con ello, cada uno. Maldita suerte ésta de ser yo más experta en esto que la mayoría de mis coetáneos, y encima no poder hacer nada por ayudar.

En estos días que se aproximan y que ya no volverán a ser igual desde que mis padres no están, los recuerdos se agolpan con más fuerza.

Recuerdos como la cocina con catorce cazuelas al retortero, como escuchar a mi madre cantar (por cierto muy desafinadamente) el villancico "dime niño de quien eres, todo vestidito de blanco..." mientras fregábamos a mano (en mi casa nunca hubo lavavajillas) y podíamos juntarnos a cenar fácilmente más de 20 personas.

Ayudarle con su plato principal, el pollo de corral que ahora a mí me sale casi casi tan rico como a ella. Ventajas de haber compartido esos ratos, también sé cómo se hace el centollo, porque lo traía mi hermano directamente del mercado y ella lo preparaba con su maestría en los fogones.

Disfrazarse de Papá Noel por divertir a los pequeños (que hoy tienen 30 años), llevar mil regalos para todos, una chimenea encendida toda la noche. Llegada de vecinos y amigos hasta las tantas. Un "en Nochebuena de esta casa no se sale, es día de familia;  en Nochevieja, haced lo que queráis". Mucho turrón y muchas risas, siempre las mismas anécdotas que se repetían años tras año.

Y ahora, yo me llevo a mis hijos (o mejor dicho, me llevan ellos a mí) a una ciudad europea, o al fin del mundo mejor si yo pudiera permitirmelo, quizás para que esos recuerdos no me invadan llenándome de tristeza por las ausencias y procurando crear momentos inolvidables que nos hagan felices de otro modo. Y consiguiendolo sin esfuerzo alguno. Cómo hacía ella mientras cantaba el villancico. 

Y es hoy cuando aún me pinto los labios con una de las barras de mi madre. No sé de qué marca es pero huele de maravilla. Hidrata como ninguna otra de las que pueda tener. Y cada vez que lo hago (la conservo como oro en paño, y es en contadísimas ocasiones) traigo a mi mente su imagen pintándose frente al espejo del baño en Madrigal.

Es curiosa la mente y sus recuerdos. Han pasado muchos, muchos años de esos momentos.

Y ahora que tengo unos cuantos amigos (más de dos y menos de cinco) con sus madres casualmente malitas, amigos que son mayores que yo, los envidio (no tengo yo este pecado capital, pero envidio mucho a todos aquellos que podéis disfrutar de la compañía de vuestros padres) y siento muchísimo su preocupación, porque sé lo que duele. 

Disfrutad de vuestras madres. Sean felices, y haganles felices a ellas.

Yo me llevaré la barra de labios a Londres, y en Nochebuena me los pintaré, con ese dulce perfume.


FELIZ DICIEMBRE AMIGOS. 




miércoles, 1 de octubre de 2025

LA DICHA DE TENER UN HIJO TAN MARAVILLOSO. FELIZ CUMPLEAÑOS.

 


Toda mi vida quise, no sé por qué, tener un hijo de ojos grandes. Quizás porque desde muy niña he escuchado aquello de “ vaya ojos tienes” y eso me hacía sentir muy especial.



Y quería tener un varón, tampoco sé muy bien por qué, puede que sea porque desde siempre admiré la devoción que se tenían mi madre y mi hermano (era el único varón de sus 4 hijos) . No lo sé. Pero tenía claro que quería tener un hijo de preciosos ojos grandes. Y como dice Serrat, a veces la vida es benévola y va y se para un rato a tomar un buen café contigo.

Esta vez así pasó y llegó Manel a mi vida.  Sin duda, mi mejor maestro. Junto a él he conseguido lo que para mí son auténticas proezas como llegar a la cima del Moncayo o subir a lo alto del arco de Piedrafita de Jaca en el Pirineo..



Desde allí arriba todo es espectacular y los dos nos damos la mano sintiéndonos muy pequeñitos y haciendo una gran reverencia a Sadh Gurú. (nuestros pequeños rituales)



El aporta calma a mi tempestad. Estoicismo a mi intensidad y mucho sentido del humor a mi últimamente instalada tristeza.



Así que va y tiene mis ojos, pero los suyos aún más grandes y con más brillo. Te pone cara "muína"en las fotos mientras por lo bajini te hace un comentario que te hace descojonar.


Es mi gran maestro, creo ingenuamente, que le enseño algo y va y me hace una crítica de "Ciudadano Kane" que me deja muerta. Esta semana tenemos programado vernos “Doce en el patíbulo”. Con él he vuelto a ver “Tiburón” a los 50 años de su estreno. Mi primera película en el cine de niña, la vuelvo a disfrutar ahora con mi hijo de coespectador, en la gran pantalla. Toda una experiencia, cincuenta largos y  a la vez tan cortos, años después, qué cosas. En plena pandemia nos vimos la saga de El padrino, y recuerdo verlo disfrutar en cada fotograma.

Por no hablar de su pasión, los dichosos dinosaurios. En esta casa se sabe más de estos bichos que en todo Dinópolis.



Estoy orgullosa de su constancia, de su saber estar, de su gran educación y sobre todo de lo gran persona que es.

De cómo me enseña a esperar, dada mi impaciencia. De su habilidad para calmar mis nervios con uno solo de sus habituales y espontáneos abrazos que me enriquecen el alma.




Y de cómo ,a pesar de su timidez, fue capaz de ponerse a bailar junto a mí en medio de un bar en Faro (Portugal) este verano, como si nadie nos mirara para terminar abrazándonos muertos de la risa.





Me enseña canciones que nunca había escuchado de Bob Marley o de Extremoduro. Juntos vimos a Loquillo y a una banda que era-os lo aseguro- lo más parecido que hay en este mundo a los Dire Straits.

Es la hostia esto de que sea mi hijo.



Vaya café tan bueno que se ha tomado esta vez la vida conmigo.

Y de repente cumple 19 años. Ya no es tan niño y sin embargo le queda todo por aprender. Bueno todo no. Ya sabe que John Ford es el mejor director de cine por los siglos de lo siglos. Y que ser buena persona es lo más importante. Lo demás vendrá, con esfuerzo, trabajo y mucho pero mucho sentido del humor.


Gracias hijo por enseñarme la cara más bonita de la vida. Si te hubiera diseñado a conciencia no me habrías salido tan bonito.

Te quiero más que a nada, -a ti y a la tata-.






FELIZ  CUMPLEAÑOS, QUE LA VIDA SE TOME UNOS CUANTOS CAFÉS DE ESTOS TAN RICOS CONTIGO.

domingo, 7 de septiembre de 2025

VIVAC EN LA CIMA DE LOS PICOS DE URBIÓN


 NO PUEDES CAMBIAR EL VIENTO PERO PUEDES AJUSTAR LAS VELAS.

Debe de ser cierto eso que dicen que las cosas llegan cuando tienen que llegar. He querido hacer esto que ahora sé que se llama “vivac” desde hace ya demasiados años. Pero ha tenido que ser ahora, con mi edad, y con mi gente. Como soy tan miedosa, para mí, cualquier cosa es un reto, pero lo bueno es que por ahora voy enfrentando los miedos en compañía y cumpliendo sueños que superan con creces las expectativas. Ha sido una preciosa aventura, han sido sensaciones maravillosas, indescriptibles y que llenan el alma.


No podía haber sido en mejor sitio. En mejor momento. Y con nadie mejor. Un millón de gracias.

No me gusta madrugar, no vayáis a pensar, pero me encanta ver amanecer. Contradictoria que es una. Una vez leí que las personas que se detienen a contemplar un amanecer, tienen conexión con el ahora, saben disfrutar de las cosas sencillas de la vida y sueñan con el nuevo día como un comienzo en el que todo está por hacer. No estoy segura de pertenecer a este grupo de personas, pero lo que sí sé es que el amanecer del que he disfrutado esta mañana del 7 de septiembre del 2025 no voy a olvidarlo fácilmente. Me he emocionado de verdad. Y me gusta hacerlo. No es algo que sea tan fácil cómo parece. Quizás lo necesite de vez en cuando. O simplemente sí sea cierto que disfruto de las cosas sencillas.



Anoche había una luna llena espectacular, que dañaba con su luz a media noche. No impedía disfrutar además de unas estrellas inmensas, y con es techo de esta habitación tan distinta a todas, te sientes muy ,muy ,muy pequeña. Te das cuenta de verdad de lo grande que es el Universo. De lo poco que se necesita para sentirte pleno (la cena consistió en un par de huevos fritos con tomates recién cogidos del huerto). Eso sí, el cocinero y su destreza entre rocas y hornillos me dejó tan sorprendida como esa” peazo” de luz de luna. Conectas con la naturaleza. Respiras pino. Llegas a la cima mucho mejor de lo que habías previsto, y ya allí te emocionas simplemente por estar, solos antes esa inmensidad.

Mi primera sorpresa ha sido el atardecer sobre la Laguna de Urbión. Las fotos se quemaban por el brillo tan inmenso con que pretendía esconderse el gran astro. Un atardecer de lujo, sin duda. Al poco rato, aparecía la luna gigante allí arriba. Estrella fugaz, y varios aviones… era noche clara, se veía todo.

 

Y también se duerme, incluso cuando pensé en no pegar ojo, por si un oso desviado me atacaba o si de verdad esos lobos de Urbión subían por allí, o vete tú a saber, una tarántula gigante se metía en mi saco sin ser invitada. Pues, yo me he dormido y a poco me pierdo el despertar de ese gran sol entre las nubes y las montañas.

 

Ver amanecer desde lo alto de los Picos de Urbión, con el cielo teñido de fuego entre las nubes que se deslizan lentamente sobre las cumbres, es como presenciar cómo el mundo despierta en silencio. El aire es puro, casi sagrado, y cada ráfaga de viento lleva consigo la historia antigua de esas montañas.



Los buitres planean en círculos majestuosos, como guardianes del cielo, ajenos al paso del tiempo, y una no puede evitar sentirse pequeña, cómo ya comentaba, pero profundamente conectada con todo. La roca bajo tus pies, el horizonte que se estira sin fin, y el calor tímido del sol asomando entre la bruma: todo cobra sentido cuando lo compartes con alguien.

Y ese alguien te prepara un café muy calentito y te sabe a gloria.

Gracias, Las personas que saben disfrutar de la vida sin hacer daño a nadie tienen un brillo tranquilo, como el de una vela que no necesita llamar la atención para iluminar. Son quienes han aprendido —a veces a base de tropiezos, otras veces con silencios largos— que la vida no se trata de correr, de acumular o de tener la razón, sino de saborear lo simple, lo auténtico, lo que no se compra ni se mide.

Con los años, una va entendiendo que no todo merece una respuesta, que no todo vale el esfuerzo de una pelea. Que la paz interior es un lujo que no se negocia. Se aprende a disfrutar del café lento, de las charlas sin prisa, del sol colándose entre las hojas, del silencio compartido con alguien que no necesita explicación.

Estas personas no necesitan aplausos, porque encuentran alegría en dar sin esperar. Sonríen porque sí, ayudan porque pueden, y se retiran en silencio cuando algo no les pertenece. Su forma de vivir es una lección sin pretensiones: nos enseñan que lo verdaderamente importante no hace ruido.

Y es que cuando el alma madura, descubre que la felicidad no se grita, se siente. Y sobre todo, se comparte sin herir. Porque vivir bien no es tener más, sino necesitar menos... y amar mejor. Y eso, como decía mi padre, también te lo enseña la vida.

Gracias de nuevo y mil veces más por un atardecer espléndido. Una noche mágica. Y un amanecer inolvidable. Este hotel no lo encuentras en booking, tiene demasiadas estrellas . 

Gracias por el café, por el almuerzo en la bajada. Por las sonrisas de plenitud, y por ayudarme a cumplir otro de mis sueños. Y lo bueno de esto es que  no se me acaban… solo espero seguir cumpliendo alguno más de vez en cuando.

 



martes, 12 de agosto de 2025

LOS DESAYUNOS DE JAVI Y VICEN. LA FELICIDAD A VECES ES EL MEJOR DESAYUNO DEL MUNDO.

Cosas que te hacen feliz:


 A mí me hace feliz cosas como por ejemplo ver un atardecer en el mar en compañía (la compañía elegida).  Me hace feliz un abrazo sorpresa, de esos que le salen espontáneos a mi hijo, me hace feliz el amor de mi pareja, (que no sé cómo me aguanta) Me hace muy muy muy feliz, la sonrisa increíble de mi hija… y me hacen tremendamente feliz:

LOS DESAYUNOS DE JAVI Y VICEN


Hay lugares que no se olvidan, no sólo por su paisaje (las vistas al Moncayo son preciosas o incluso a la luna llena de agosto allí se ve de otra manera), ni siquiera por sus muros (la casa es HOGAR absolutamente), sino por lo que provocan dentro de una.



Cada año, cuando el calendario se acerca a estas fechas, mi corazón empieza a vibrar con una emoción tranquila y conocida: la que me lleva de vuelta a la casa rural de mis amigos, Javi y Vicen. La casa rural Valmayor, el sitio de mi recreo. Es lo más parecido a volver a casa que tengo ahora mismo.

Una vez al año, personas muy distintas nos encontramos allí. No nos une un origen común ni una historia compartida, pero sí algo mucho más importante: el cariño sincero, el respeto mutuo y una alegría sencilla que se contagia. Este año, como siempre, la casa se llenó de risas, abrazos, historias y esa calidez que solo puede ofrecer la buena gente.

Este verano, sin embargo, fue distinto. Mi hijo, que me había acompañado cada año desde niño, no pudo venir. Tiene 18 ya, trabajaba estos días, va creciendo... y aunque me alegran sus pasos, lo extrañé profundamente. No tenerlo allí fue un recordatorio suave y nostálgico de cómo pasa el tiempo. Pero también, de cuánto ha dado este lugar a nuestras vidas.

Pero allí estaba la familia valiente de Nacho, valencianos maravillosos todos ellos, que han pasado por momentos muy duros y que sin embargo llegaron con sonrisas, abrazos y una generosidad desbordante. No hace falta contar su historia para que se entienda el ejemplo que son. Solo puedo decir que su presencia fue un regalo. Su agradecimiento reconfortante y su sonrisa contagiosa. La dulzura de su niña un obsequio que me llevaré por mucho tiempo. Gracias Luz por tu narración y por transmitir tu amor por los mayores. Por tu perro, y sobre todo porque siendo tan delicada seas tan tremendamente fuerte a tus 15 preciosos años. No olvidaré la charla contigo en la piscina. Estoy segura de que vas a ser una mujer impresionante.

También compartimos charlas y silencios con un matrimonio admirable, que pronto celebrará su 50 aniversario, viajeros infatigables, Manolo y Juani ( o ya para mí, Manoli) eligen Trévago cada verano, quizás porque conocen mucho mundo y saben qué es lo que verdaderamente merece la pena. Este año no pueden ir a Australia como tenían previsto. La vida a veces interrumpe tus planes, pero lo realmente importante es que eligen de nuevo la piscina de Vicen y ahí están enamorados y juntos después de tantos y tantos inviernos. Ellos sí que saben donde pasar el verano. Ellos sí que saben valorar lo bueno de la vida.

Un hombre aragonés, que entiende de ruedas nos enseñó sobre Toyotas y tecnología, y aunque a muchos se nos escapaban los detalles técnicos, su entusiasmo y el de su familia, nos hizo sonreír a todos. De hecho, no faltaron carcajadas aquella noche, de esas que hacen que te duela la tripa.

Pero la más grande de todos es la madre de Javi, una señora de las de antes, pero con carné de conducir, porque la vida le enseñó a ser moderna, una MADRE en mayúsculas. Un ejemplo de discreción, cariño, comprensión y fuerza envuelta en optimismo. Sus ojos claros y su sonrisa no envejecen. Son tan jóvenes como el amor que da solo con estar. Transmite sabiduría y perseverancia y sólo hay que ver a Javi, para constatar aquello que de tal palo tal astilla. Gracias Marisa por tu amor. No tengo a mi madre y abrazarte a ti me recuerda un poco a ella. Gracias por ser un gran ejemplo de superación.

 

Era noche de perseidas. No vimos ninguna estrella fugaz, pero sí pedimos deseos, con el alma abierta y la esperanza intacta. Esa noche fue, como siempre, una reunión de almas buenas que eligen encontrarse.

Y qué decir de los desayunos de Javi y Vicen. No son desayunos, son celebraciones. Pan recién tostado, aceite dorado, café aromático, bizcochos caseros de moras recogidas por Vicen, o de chocolate con naranja, masa de pan frito que me trae a mi madre de nuevo, mermelada casera exquisita, mantequilla soriana y el silencio compartido del primer bocado. Javi, con su sensibilidad a flor de piel, pone el alma en cada plato.  Vicen, con su humor socarrón, hace que cualquier conversación se convierta en carcajada. Entre los dos, han creado un espacio donde uno se siente querido, cuidado, en casa. Por eso todos queremos volver.

Algunos aprenden incluso el origen de Isabel La Católica (ya te vale, Nachete. Tendrás que hacer una parada en mi Madrigal de las Altas Torres entre tanto Bruselas, París y demás ciudades, seguro, seguro que ya no se te olvida). Con todo mi cariño, eres un ejemplo de juventud admirable, de esa que disfruta triunfando, aún hay esperanza.

Volver a esa casa cada verano es volver a lo esencial. A los valores que realmente importan. A la comida que alimenta el cuerpo y a las conversaciones que alimentan el alma. A las lágrimas que no duelen y las risas que curan. A recoger oxígeno que no te llena los pulmones, sino de ese que te da vitalidad para el invierno.

Gracias a todos por esas casi 24 horas, por acompañar, por compartir, por regresar. Como dice mi chico, la casa Valmayor es una escuela de vida. Como cada año, me he reído, he llorado, he leído, me he bañado, he comido, he leído, y aunque hayan sido pocas horas ha sido tan edificante como para querer volver siempre al sitio de mi recreo.

Gracias, Javi y Vicen, por abrirnos las puertas, los brazos y el corazón. Por vuestros desayunos, por vuestras risas, por hacer de esa casa rural mucho más que una casa: un refugio donde la vida se celebra, incluso cuando duele. Por ser escuela para la menos aventajada de vuestras alumnas.

Sí, me fui borracha y no por los licores tan buenos que trajeron de Badajoz, sino por la compañía y el agradecimiento tan aplastante que se respira. Gracias a todos por esas horas tan bonitas, Ya siento Vicen ser tan cursi, ya siento aburrirte con mis borracheras emocionales, pero hoy me he ido incluso más embriagada que otras veces, aunque faltó el paseo a la ermita con mi hijo,  he salido absolutamente plena de vuestra casa, y os agradezco una vez más vuestros abrazos y que después de 20 años sigáis estando ahí para ayudarme a salir a veces de mis ahogos para convertirlos en absolutas carcajadas.

Nos vemos el próximo año. Como siempre, aunque nunca sea lo mismo. Siempre sois volver a casa. Espero veros bajo las estrellas el próximo verano.


💫