Desventaja: tus propios hijos disfrutan menos de sus abuelos comparándolos con su generación. Tú pierdes a tus padres en una década en la que tus amigos cuentan con los suyos, en su mayoría. Los disfrutan en la madurez, con sus hijos más mayores.
No hace mucho escuché a mi admirado Ricardo Darín decir que preparar bien a tus hijos para la vida, es enseñarles a navegar bajo la tormenta en tu ausencia. Porque casi con toda probabilidad, sus peores tormentas, les llegarán cuando tú ya no estés con tu paraguas. Y esto me hizo pensar, ya no tanto en mí, cómo en mis propios hijos: "Ostras, yo no voy a estar cuando más me necesiten"
Es una auténtica putada, cuando mi experiencia de vida más les pudiera ayudar, no van a poder contar conmigo.
Hablando de experiencias que ayuden, el hecho de haber perdido a mis padres creo que es de las pocas que no sirven de mucho. Haber vivido procesos de los que entran en el grupo perteneciente a ese llamado "ley de vida" que no por ello dejan de ser terriblemente dolorosos y que te marcan un antes y un después en tu camino, me sirve de muy poco para asesorar a nadie.
Cómo me dijo una vez Teresa, una psicóloga a la que admiro profundamente, el día que mi madre se marchó para siempre, perdí con su marcha a la persona que más me quería en este mundo. Y eso es algo que cuando toca, tiene que vivir cada uno, procesar cada uno, y acostumbrarse a vivir con ello, cada uno. Maldita suerte ésta de ser yo más experta en esto que la mayoría de mis coetáneos, y encima no poder hacer nada por ayudar.
En estos días que se aproximan y que ya no volverán a ser igual desde que mis padres no están, los recuerdos se agolpan con más fuerza.
Recuerdos como la cocina con catorce cazuelas al retortero, como escuchar a mi madre cantar (por cierto muy desafinadamente) el villancico "dime niño de quien eres, todo vestidito de blanco..." mientras fregábamos a mano (en mi casa nunca hubo lavavajillas) y podíamos juntarnos a cenar fácilmente más de 20 personas.
Ayudarle con su plato principal, el pollo de corral que ahora a mí me sale casi casi tan rico como a ella. Ventajas de haber compartido esos ratos, también sé cómo se hace el centollo, porque lo traía mi hermano directamente del mercado y ella lo preparaba con su maestría en los fogones.
Disfrazarse de Papá Noel por divertir a los pequeños (que hoy tienen 30 años), llevar mil regalos para todos, una chimenea encendida toda la noche. Llegada de vecinos y amigos hasta las tantas. Un "en Nochebuena de esta casa no se sale, es día de familia; en Nochevieja, haced lo que queráis". Mucho turrón y muchas risas, siempre las mismas anécdotas que se repetían años tras año.
Y ahora, yo me llevo a mis hijos (o mejor dicho, me llevan ellos a mí) a una ciudad europea, o al fin del mundo mejor si yo pudiera permitirmelo, quizás para que esos recuerdos no me invadan llenándome de tristeza por las ausencias y procurando crear momentos inolvidables que nos hagan felices de otro modo. Y consiguiendolo sin esfuerzo alguno. Cómo hacía ella mientras cantaba el villancico.
Es curiosa la mente y sus recuerdos. Han pasado muchos, muchos años de esos momentos.
Y ahora que tengo unos cuantos amigos (más de dos y menos de cinco) con sus madres casualmente malitas, amigos que son mayores que yo, los envidio (no tengo yo este pecado capital, pero envidio mucho a todos aquellos que podéis disfrutar de la compañía de vuestros padres) y siento muchísimo su preocupación, porque sé lo que duele.
Disfrutad de vuestras madres. Sean felices, y haganles felices a ellas.
Yo me llevaré la barra de labios a Londres, y en Nochebuena me los pintaré, con ese dulce perfume.
FELIZ DICIEMBRE AMIGOS.


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